Lunes, 18 Noviembre, 2019

Parte 1/3

Por José Edgar Castaño H, Neurofacilitador

Hay un lugar acostumbrado para pensar, decir y hacer las cosas. Es cómodo y allí se puede actuar sin notable desgaste y de paso sin tanto compromiso.

Es casi seguro proponer que en un cercano 97% es la posición seleccionada por la gente para “estar y hacer” la mayoría del tiempo. Se agrega el hecho, natural y fisiológico por la condición biológica que nos subyace, de que pasamos un tercio de la vida “durmiendo”.

Y todavía más sorprendente es que, en los limitados períodos lúcidos, decidimos permanecer dentro de un encantamiento que desemboca en es “estado de soñar despiertos”.

También se puede llegar a pensar que al funcionar ahí – en esa posición -, “ya estamos cumpliendo” con las expectativas de quienes nos observan: los demás. Las cosas que finalmente parecen ser resultados o logros alcanzados, desde esa posición, suelen ser de conveniencia para los demás en un 95% y de utilidad para nosotros mismos en tan solo un escaso 5%.

Este lugar constituye “una posición” para pensar, observar, interpretar y para actuar. Posee una estructura que incluye elementos del lenguaje que se usa y, sobre todo, “un modo operativo de la mente”, en el que suponemos que “yo” como observador de las cosas, no puedo modificarlas; que casi la totalidad de las singularidades del mundo ocurren en una zona externa a mí (la realidad mediática), que no me comprometen y menos me incumbe tratar de modificar en cualquier sentido. Creemos estar seguros dentro de nosotros mismos, y percibimos que la mayoría de los acontecimientos de la vida ocurren por fuera de mi dominio y por tanto no tendrían la capacidad de afectarme. Es este un paradigma que como sello de garantía, precisamente nos garantiza estar separados del campo y de los demás. Ahí de verdad que creemos que somos totalmente diferente a cualquier otro ser humano caminado por las calles.

Este territorio ha sido denominada por varios pensadores como la “realidad mediática”, la realidad externa, o simplemente “el mundo”. Y se entiende de esa manera: “ una realidad externa a nosotros mismos”.

El proceso de pensamiento, o por decirlo de otra manera,

el “ modo operativo de la mente” en esta posición es bastante tácito, es decir, se corresponde de una manera simple con la mayoría de los supuestos que los conceptos del lenguaje proponen para que la realidad sea interpretada. Aquí siempre una mesa es una “mesa”; 2+2 siempre es 4. Y las personas que me rodean son, o mis familiares, o mis amigos o los compañeros de estudio o trabajo. Es permitido pensar que “mis enemigos” no ocupan esta misma posición. Todo lo que existe es por causa y efecto, todo se mide, todo se compara con algo, todo tiene un opuesto y existen las magnitudes y las jerarquías. Esta mentalidad deriva de Newton y Descartes, y suele reconocerse como “newtoniana” o mecanicista.

Es esencialmente dual o dualista: para reconocer el amor, entonces tiene que existir el odio y el día no tiene significado sin la noche.

La velocidad del proceso mental aquí es muy lento. Su unidad son los bits de información, dentro de un código de expresión binaria que tiene muy pocas opciones. En este sector abundan las preguntas y la respuestas son limitadas o muy fijas y condicionantes. De paso, se requiere siempre una pregunta para que se intente elicitar una respuesta. Nos empeñamos en fabricar soluciones mínimas a los problemas habituales. Y no tenemos que preocuparnos por dar soluciones definitivas o a largo plazo. Es una zona donde es lícito hacer el “minino esfuerzo posible”.

En esta zona o posición, los milagros son hechos excepcionales, inesperados, muy escasos y selectivos y por tanto “es un tanto difícil suplir las condiciones o tolerar la espera para que ocurran”

En contraposición – y no estoy seguro de que sea la única –

existe otra posición para pensar, decir, hacer y sentir.

En ésta – que es una locación – , nosotros como observadores tenemos una participación activa. Aún más, el “observador” no sólo interactúa dinámicamente con la realidad que lo implica, síno que tiene el inesperado efecto de “transformarla” y al mismo tiempo, de experimentar “él mismo” también un cambio”.

El “ modo operativo de la mente”, aquí – en este segundo sector es fundamentalmente más analógico que digital. La velocidad del proceso mental es muy rápida: aquí procesamos en quantum-bits o Qbits, por tanto, las posibilidades que se presentan están multiplicadas por “n” veces, en un formato que es mucho más que un patrón exponencial. Es un entorno cuántico.

Aquí las preguntas no existen: solo hay respuestas. Para explicarlo de otra manera; el proceso dual o mecanicista para construir una pregunta es innecesario en este sector.

Como sé que sigue siendo confuso entender este concepto, puedo intentar explicarlo reafirmando que, mediados por un proceso mental de la información cuántico, ocurre que antes de que hayamos terminado de formular una pregunta, ya se presentan “las respuestas”, en un nutrido y conveniente abanico de opciones para seleccionar, la preferente mejor que nos “resuene”, sin condición por el resultado.

Siempre el mecanismo mental para formular una pregunta es dual o determinista. Por tanto es lento. Son dos procesos separados: Se inicia con una duda, y la duda como pensamiento ya está y es cuántica porque se formula tras las bambalinas de la mente, en el subconsciente o inconsciente, que es un territorio con un proceso cuántico de la información.

Después ocurre la formulación lingüística de la pregunta: preparar, seleccionar y llegar a decir una palabra o una frase: y este proceso del lenguaje en la parte neurobiológica es dualista, por tanto es muy lento. Entonces, la “duda, como idea o pensamiento que motiva la pregunta, está enmarcada en un entorno cuántico, y esto hace que al momento de pronunciar una pregunta para que sea solucionada por los demás, la respuesta cuantica hace mucho rato que ya se ha producido.

En esta posición privilegiada, el “proceso mental” funciona tanto para conectarnos y permitirnos funcionar en la realidad externa a nosotros, como también nos conecta con nuestro mundo interior, es decir, la consciencia, y nos abre y brinda la posibilidad inimaginable y potenciadora de funcionar vinculados holográficamente con el universo.

Y el proceso mental para procesar de una manera o de otra, dualista o cuánticamente, primordialmente deviene de la intención, del enfoque y obviamente del conocimiento y reconocimiento de que estos procesos operativos y diferenciales de la mente existan y que constituyen una realidad que afecta drásticamente nuestros resultados y logros en la vida.

Cuando hablo aquí del territorio o mundo interior me refiero a ese mundo virtual psíquico, no tangible, no palpable, que se sucede un tanto dentro de nuestros cuerpos ( biología y neurología) como también en une espacio circundante a nosotros.

En este territorio virtual la modalidad de proceso mental ya no es mecanicista o dualista: es cuántico.

Aquí, los milagros son hechos cotidianos, que ocurren de forma natural. Son muy frecuentes y por tanto, es un poco inútil señalarnos como milagros porque, repetimos, suceden con tanta frecuencia y espontaneidad que, “no parecen milagros”.

La conclusión un tanto obligada de todo esto es que, el concepto de milagros, es un hecho dualista.

Los razonamientos anteriores y esta estructura de estas dos pociones de observación; una dualista mecanicista o y otra cuantica, tienen al final el propósito de acercarlos a un paradigma mas útil acerca de lo que llamamos milagros.

Dado que ocurren como cosas singulares y muy raras en la forma de operación mental dualista, en tanto que son tan naturales, espontáneos y cotidianos dentro del patrón o modo mental cuántico, la estrategia entones para que ocurran milagros en nuestras vidas es, decidirnos adoptar la nueva poción cuantica.

Entonces, aquí un sesgo de espera para que se de algo bueno, es muy indeterminado. En tanto que es más probable que se dé cuando decido y hago lo que sea necesario para pasar de una posición fija, determinista, “ de causa a efecto”, a una posición de observación, de interpretación y de actuación cuántica. Es un proceso que requiere acciones y por tanto es dinámico.

¿Es posible, para todos, aprender estas cosas y lo más importante, llevarlas a la vida práctica?.

La respuesta es contundentemente un Sí.

Ésta corresponde a ese tipo de respuestas que nos encantan porque nos convienen. Sin embargo hay cuatro, como mínimo, condiciones para hacerlas posibles:

1º. Que no tengamos ninguna tara o daño neuro biológico que afecte el nivel necesario de conciencia y de consciencia necesario para tal fin.

2º. Estar dispuestos a desaprender muchas cosas y a aprender muchas nuevas.

3ª. Que abandonemos ese pertinaz e inútil mal habito de “estar condicionando” los resultados antes de entrar en al experiencia de las cosas; que funcionemos en el mundo real y no en la imaginación. Y,

4º. Que nos dejemos guiar y dirigir por parte de quienes hayan recorrido este camino: Se llama rendición, no en el sentido de una derrota, sino en el sentido de renunciar a nuestra inútil resistencia a “desear y producir ese desastroso efecto, de quedarnos en la posición inicial, de la que hemos hablado aquí hoy, atrapados y presos – por decisión personal y de nadie más-, , en un mundo conceptual y en un modo mental dual, determinista e insuficiente para provocar realmente el alcance de los logros y objetivos mayores en la vida.

Hasta aquí esta primera parte de la publicación. Espero la disfruten. Hasta pronto Ingresarios.

Jose Edgar Castaño

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